Terminó siendo un día hermoso

Museo del Bicentenario - Cascos usados en la Guerra de Malvinas

El 2 de abril de 1982 terminó siendo un día hermoso, soleado y no hacía frío, o casi, recordó el Suboficial Manuel Munafó, que llegó a la Isla Soledad, la de mayor superficie del archipiélago de las Malvinas, a bordo del buque de desembarco ARA “Cabo San Antonio” de la Marina Argentina.

Horas antes del comienzo del desembarco, una patrulla de avanzada había alcanzado la playa para cerciorarse que esté limpia y asegurar la llegada de los equipos anfibios.

A las 6 de la mañana del 2 de abril se puso en marcha la maquinaria bélica que depositaría a los soldados en suelo que alguna vez fue argentino y que lo volvería a ser, al menos hasta el 14 de julio cuando se firmó la rendición. “El de 2 abril terminó siendo un día hermoso”, recordó Manuel Munafó. “Pero al otro día se puso muy frío, había escarcha por todos lados”, agregó.

Tres años antes, con apenas 15 de edad, Munafó había ingresado a la Marina para hacer la carrera militar, por vocación. “Cuando mi padre me firmó la autorización para ingresar me dijo que iba a durar una semana”, sonrió.

Cuando egresó se alistó en el curso de buzos tácticos en la base de Mar del Plata, instrucción que duró hasta diciembre de 1981. “De ahí me destinaron al buque San Antonio y no entendía por qué ya que no era un destino común para los que salíamos de la escuela de buzos”, manifestó.

Allí pasó todo el verano hasta que el 26 de marzo la rutina cambió rotundamente. Empezó a notar que los movimientos de efectivos y la actividad en los talleres navales era frenética. “Trabajaban en Puerto Belgrano, en todos los buques, todo el día”, señaló Munafó. Al personal de la base le pareció extraño tanto movimiento pero no sabían a qué se debía, nadie les informaba nada, había hermetismo en las altas esferas de la fuerza.

“Cumplíamos horario de 7 a 14 y cuando llegó la hora de salida nos enteramos que habían cortado el franco y nadie podía salir”, dijo y agregó: “A las 20 nos permiten salir por dos horas para ir a buscar ropa y luego volver al buque”. Al día siguiente, el ARA Cabo San Antonio zarpó con destino incierto, al menos para los marinos. “No sabíamos a dónde íbamos”, manifestó Munafó. Estaba en marcha la Operación Rosario.

Tres días después, ya en alta mar, recibieron la noticia a las 6 de la tarde; Se dirigían a recuperar las Islas Malvinas. “Nos avisaron por altoparlantes a dónde íbamos y qué íbamos a hacer”, manifestó. En ese momento, en medio del mar muchas alternativas no quedaban, pensó Munafó. “Ya estábamos ahí. Conversamos con los demás pero no había mucha información”, recordó el Sub Oficial.

El 1 de abril el buque ARA Cabo San Antonio divisó la costa de la Isla Soledad, la más grande de las que conforman el archipiélago de Malvinas. Los comandos anfibios desembarcaron a bordo de botes de goma para limpiar las playas donde iban a desembarcar los equipos que guardaba en sus bóvedas el San Antonio.

“Fueron tres horas de balas, no hubo un instante de silencio”

“Al día siguiente, a las 6 menos cuarto de la mañana empezó todo”, relató Munafó. Los anfibios intentaban alcanzar la playa y los ingleses respondieron. “Fueron tres horas de balas, no hubo un instante de silencio, era un ruido de explosiones continuo”, explicó. Sin embargo, después del intenso intercambio de disparos los ingleses se rindieron, ese día terminó siendo un día hermoso. “Estábamos contentos sin saber mucho en qué nos metíamos ya que nadie sabía, salvo los oficiales, el resto teníamos muy poca información, pero ya estábamos ahí. Recuerdo que cerca de las once de la mañana me senté a descansar y me quedé dormido, no recuerdo más nada”, agregó

Munafó remarcó que la población de las islas no los recibió “muy bien”. “Si bien anduvimos poco porque enseguida volvimos al buque, imaginate, que eso es de ellos, ni de los ingleses ni nuestro. Es lo mismo que vengan y te invadan este pueblo”, expresó.

Después del desembarco la tarea de Munafó como parte de la tripulación del San Carlos fue trasladar tropas y pertrechos desde el continente hacia las islas. “Como era el único buque de desembarco que había íbamos con los equipos desde Río Grande, Puerto San Julián y después terminamos amarrados en Puerto Deseado”.

Si quieren venir, que vengan

Mientras tanto, en el continente todo era alegría. Envalentonado, el residente de facto teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri hablaba frente a una plaza llena de euforia patriótica. “Si quieren venir que vengan”, desafió. Y vinieron. El resto es historia conocida.

Munafó explicó que cuando finalizó la guerra volvieron a una sociedad que les dio la espalda. “Como nosotros vivíamos en una ciudad donde son todos navales no se sintió mucho pero los que vivían en otras ciudades tuvieron ese sentimiento”, aclaró.

“Dentro de la Armada, de mi promoción el ochenta por ciento nos dimos de baja voluntaria después de la guerra porque estábamos peleados con los oficiales. Recuerdo que durante la guerra no teníamos cigarrillos y fumábamos yerba mate mientras que arriba, en un cuarto, estaba lleno de puchos que fumaban los oficiales nomás. O sea que hacían diferencia hasta con nosotros que éramos personal de la Armada”, relató.

“Con el personal jerárquico hubo roces y a la vuelta, a medida que se iban venciendo los contratos la gente se iba. No sé cuántos de mi promoción llegaron a jubilarse en la Armanda”, explicó Munafó.

El reconocimiento a los ex combatientes tardó en llegar, recién en el año 90 el Sub Oficial Mario Munafó recibió un diploma de parte del Congreso de la Nación por su participación en el conflicto armado.  “Tardaron ocho años para reconocernos en un papel, recién en el año 98 comencé a cobrar mi pensión de guerra que era una pensión graciable del Ministerio de Desarrollo Social pero ningún gobierno se hizo cargo de la deuda entre el 82 y el 98”, manifestó.

“Tardaron ocho años para reconocernos en un papel”

“Ahora es otra la situación pero en ese momento, cuando más se necesitó la ayuda se olvidaron. Mucha de la gente que volvió no sabía qué hacer, no todos la pudieron sobrellevar de la misma manera”, dijo Munafó.

El Sub Oficial consideró que la instrucción militar que recibieron los soldados de carrera les ayudó a afrontar la post guerra de manera diferente a los conscriptos. “No es lo mismo recibir una formación intensa de dos o tres años que uno o dos meses de instrucción de los pobres conscriptos”, concluyó.

Después de atravesar una situación de guerra te deja una enseñanza, remarcó y agregó: “A la vida la mirás de otra manera, la luchás de otra manera, no le aflojás, el resto de las cosas no te parecen tan importantes”, expresó.

Hoy, Mario está casado y tiene dos hijos, uno de veinticinco años y otro de dieciocho. “No les permitiría ir a la guerra, que sigan con lo que están haciendo”, finalizó Munafó.

(*) Nota escrita para la edición del 2 de abril de 2014 del Periódico La Comuna de Villa Regina.
Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 2.5 Argentina 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s